Esa sensación de comerte el mundo. Da igual el dinero, los kilómetros... Puede que no haya elegantes cafés o boutiques, incluso no haya cemento ni asfalto. Uno mismo puede hacer que ese lugar adquiera un significado personal distinto al de cualquier otro, en relación directa con la compañía. Sin depender de horarios u obligaciones sentir qué todo lo que haces tenga sentido. Es posible hacer que una reunión con las nubes tenga más sentido que cualquiera con gente vestida de traje en frías oficinas.
El tiempo se detiene pero, en seguida cae la noche y, un instante después, el sol empieza a iluminarte. No hay despertador ni mesilla de noche. Tu almohada se convierte en una persona. No necesitas desayunos con diamantes. La única joya que te apetece comerte es esa sonrisa.

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